CUATRO ACTITUDES QUE FAVORECEN LA CULTURA DE LA DIVERSIÓN
La
problemática de la adolescencia y la noche se ha convertido
en una preocupación para todos. Las estadísticas hablan
de un crecimiento en el consumo, cada vez más precoz, de
distintas substancias nocivas y la realidad confirma que habiendo
normas no son respetadas.
En
2003 fuimos testigos en la sección carta de lectores del
diario LA NACIÓN de un debate entre padres que se cuestionaban
sobre si el Estado debía tomar la iniciativa o si eran ellos
quienes debían comenzar por frenar esta cultura de la diversión.
Si
bien lo ideal sería que los padres tuviéramos el poyo
de toda la sociedad, pues, insisto, “Para educar a un niño
hace falta todo un pueblo”, la realidad nos muestra que los
cambios culturales son lentos y que el desafío está
en educar a nuestros hijos dándoles herramientas para enfrentarse
a la cultura en la que les toca vivir.
Si
hay algo que caracteriza a esta sociedad y su trato con la adolescencia
es el abandono. La familia tiene como desafío no caer en
la misma actitud.
Del
obrar de los padres se infieren cuatro ideas que merecen ser analizadas:
La idea de la libertad ilimitada
Hay
una sensación de que los límites son enemigos de la
libertad. Ya en el plano de la naturaleza somos testigos de que
la falta de límites trae consecuencias negativas. Basta con
recordar las consecuencias que tienen los desbordes de los ríos
cuando el agua sobrepasa su cauce. Cuando se transgreden límites
siempre sobreviene algún tipo de consecuencia. Debemos inculcar
en nuestros hijos, y tener claro nosotros mismos, que la libertad
está enmarcada, tal como lo expresa la magnífica frase
de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.
El uso de la autoridad como sinónimo de autoritarismo
El
hecho de usar la autoridad no implica el usarla mal, y la renuncia
a su uso deriva en una actitud que puede ser tan negativa como la
primera: el permisivismo.
Es
real que lo más cómodo a corto plazo es decir que
sí a lo que un hijo pide, aunque uno no esté convencido
de lo que está permitiendo, pero nadie dijo que la paternidad
responsable era cómoda. Un no cuesta trabajo decirlo y sostenerlo.
Pero un no significa muchísimas cosas para un hijo. Es una
muestra de valoración y cuidado, que lo ayuda a incorporar
la posibilidad de decir él mismo no cuando se le presenten
ocasiones de hacer cosas incorrectas.
Hoy
los padres tomamos decisiones presionados por lo que “hacen
todos”. Por miedo a que nuestros hijos se “queden afuera”,
permitimos por ejemplo que chicas de trece o catorce años
estén solas en la calle o que ya a los quince años
vuelvan a las 6 de la mañana después de ir a bailar
por la noche.
La confianza ciega
Muchas
veces los padres permiten cosas por sostener que se confía
en los hijos. Cabe aclarar que la confianza en muy buena y es fundamental
en la educación de los hijos pero se deben tener en cuenta
dos cosas. Primero, la edad por la que están atravesando
nuestros hijos. Si un padre no le permite a su pequeño de
3 años cruzar la calle solo no se puede decir que sea un
padre que desconfía de él sino que es un padre realista,
prudente; la confianza debe ir en relación con la edad del
hijo. Segundo, debemos tener en cuenta los agentes a los que se
enfrentan nuestros hijos y que no conocemos. Muchas veces el adolescente
siente que no se confía en él y en quienes no se confía
es en los agentes de la noche, anónimos, desconocidos para
los padres, cuyos objetivos económicos difieren un cien por
cien de los objetivos familiares.
Muchos
padres sostienen, por ejemplo, que sus hijos pueden ir de viaje
de egresados solos pues confían en ellos. La realidad nos
muestra que tantos egresados adolescentes reunidos producen un efecto
de masificación tal que suponer que uno solo va a ir en contra
de la corriente es pretender actitudes heroicas que a veces ni los
mismos adultos pueden tener.
La idea de la seguridad del nido
He
encontrado en estos años que los padres por tener cerca a
su hijo y por temor a los peligros a los que se pueden enfrentar
en contacto con desconocidos, les permiten en sus hogares actitudes
incorrectas. Escuché en cierta ocasión a una madre
que prefería que su hijo de quince años junto con
sus amigos bebieran alcohol en su casa antes de ir al boliche pues
le daba miedo que tomaran en la calle. El problema de abrir la puerta
a actitudes incorrectas lleva consigo el peligro de la legitimación
de eso que no corresponde. Una cosa es que un chico tome alcohol
a escondidas y otra es que la madre le prepare el alcohol en su
living para que se “entone” antes de ir a bailar. Una
vez que la familia legitima el consumo de alcohol, éste deja
de ser parte de la transgresión adolescente y abre la puerta
a que se materialice en cosas más peligrosas. Esto también
pasa socialmente. Los especialistas sostienen que el consumo de
alcohol por parte de menores de edad no está mal visto, está
legitimado, por lo que la transgresión se materializa por
ejemplo en el consumo de marihuana.
Estas
cuatro ideas fueron el resultado de muchos años en contacto
con padres y viendo a chicos crecer y cambiar muchas veces sólo
por la falta de límites, acompañamiento y contención.
Actualmente está de moda que otros hagan por mí lo
que saben hacer mejor, es decir, tercerizar. Debemos tener en cuenta
una premisa que dice que lo estratégico no debe ser tercerizado
y si no queda más remedio que hacerlo se deben hacer estrictos
controles de calidad. La diversión de nuestros hijos es estratégica
por lo que la familia que quiera revertir la cultura de la noche
no tiene otra alternativa que reabrir sus hogares para que sus hijos
estén contenidos y no, dejarlos desde los once o doce años
en boliches o en la calle donde van mamando una cultura que poco
les dura, pues a los quince ya se han cansado de eso y pretenden
salir a bailar toda la noche. En el caso de los adolescentes mayores,
donde la tercerización es necesaria debemos aplicar controles
de calidad: que los lugares estén habilitados, que se cumplan
las normas que se exigen en las habilitaciones, etc. Sobre todo
es importante conocer a nuestros hijos, conocer a sus amigos y saber
qué hacen cuando están solos, no como un control represivo
sino como una forma de cuidar lo más importante que tenemos:
ellos, nuestros hijos.
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